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VIVIR DE LA MÚSICA EN EL SIGLO XVIII Ganarse la vida hace tres siglos no era fácil para nadie, y menos aún para el oficio de músico que, como el de pintor o sastre, se consideraba que solo producía adornos para la sociedad. Durante el barroco la ópera había ofrecido nuevas posibilidades a compositores, instrumentistas, pero sobretodo a cantantes. Éstos tenían muchos admiradores entre la realeza y la nobleza europea y, por ejemplo, en la corte de Federico el Grande, un cantante podía ganar diez veces más que un compositor; el genio creativo no se valoraba tanto como al intérprete. Otro factor determinante para la música fue la apertura de teatros públicos. Una burguesía que crecía año tras año empezó a tener también algo que decir. El compositor, que tradicionalmente, tenía que agradar a un solo señor, ya fuera noble o religioso, ahora debía contentar a un público que por su diversidad era difícil de satisfacer. En 1725, en París empezaron a organizarse conciertos de música sacra, los Concert Espirituel, en los días de descanso de la temporada de ópera. Con el tiempo dejaron de estar ligados a la música religiosa y comenzaron a presentar obras instrumentales de nueva composición, que eran las más deseadas por el público. Más tarde, en 1769, un grupo de aristócratas melómanos**[1]** organizó los llamados Concerts des Amateurs, literalmente “Conciertos de aficionados”, en los que ellos mismos se sentaban con los profesionales para interpretar piezas de música de cámara. Esto elevó sin duda el estatus del músico, que empezó a considerarse como alguien de talento superior. En Londres, los Proffesional Concerts, organizados desde 1783, no dependían del patronazgo**[2]** de la aristocracia y tal era su poder económico que se permitían el lujo de invitar a “figuras de la música” del continente, ya fueran pianistas virtuosos como Clementi o compositores consagrados como Haydn. Otra manera de conseguir ingresos era mediante la suscripción. Este procedimiento consistía en que los melómanos podían comprar una obra antes de que se hubiera publicado. Los compositores que utilizaron este método tenían que tener cierta fama, pues de otra manera no hubiesen conseguido nada. Así se aseguraban su supervivencia durante el proceso de composición. Uno de los hijos de Bach, Emmanuel, escribió en unas piezas para piano que vendió mediante suscripción: “al componer esas sonatas, he tenido presente a esos principiantes y aficionados que, a causa de su edad o de su ocupación, no han tenido ni el tiempo ni la paciencia para abordar ejercicios de dificultad.” Y no solamente debían de ser obras fáciles de tocar, sino también seguir la moda, el buen gusto. Un caso muy particular es el de Franz Joseph Haydn. Prácticamente secuestrado de su ciudad natal, siendo niño debido a su gran voz, para formar parte del coro de la catedral de San Esteban de Viena, fue luego obligado a abandonarlo precisamente por un fallo vocal en presencia de la emperatriz María Teresa. A los 17 años se encontró solo en esa ciudad, sin familia y sin trabajo. Sobrevivió dando clases y tocando el violín en fiestas o el órgano en las iglesias. Posteriormente sirvió a un conde y más tarde al príncipe húngaro Paul Anton Esterházy. En el primer contrato que firmó en 1761 como maestro de capilla figuraban sus obligaciones, entre ellas ser ejemplo para los demás músicos (en el comer, en la conversación), no hacer copias a otros de sus obras, resolver los discusiones o las quejas, cuidar de los instrumentos y las partituras y, además, el deber de comer con los oficiales. Al príncipe le gustaba ofrecer música a sus invitados como entretenimiento. Para hacernos una idea de esto, basta repasar las actividades musicales que tuvieron lugar el 29 de agosto de 1775 para agasajar al archiduque Fernando. Al despertarse, debía tocar una banda de viento; después de la comida ofrecerían una representación de ópera y después de la cena un baile de máscaras para 1300 invitados. En el contrato de 1779 le concedieron algo más de libertad aunque no podía ausentarse sin permiso del príncipe, debía estar siempre disponible y llevar una vida cristiana. A la muerte del príncipe, el heredero cesó a la orquesta y concedió a Haydn un sueldo sin obligaciones, lo que le permitió viajar a Londres donde le llovieron ofertas para escribir óperas y sinfonías y dirigir sus propias obras muy bien pagadas en relación al sueldo que había percibido en la casa Esterházy. Esa libertad, que Haydn no tuvo hasta los 58 años, sí la disfrutaron virtuosos del piano como Dussek. Éste dio giras por toda Europa y acabó estableciéndose en Inglaterra llevando un negocio editorial. Cuando entró en bancarrota abandonó el país para no ir a prisión y, posteriormente, estuvo al servicio del príncipe Luis F. de Prusia, que también era pianista (aficionado) y que le hacía levantarse a cualquier hora para ensayar. También Pleyel (alumno de Haydn) se ganó la vida dando conciertos durante un tiempo. Sin embargo tuvo que dedicarse posteriormente a la construcción de pianos. Los maestros de segunda fila produjeron obras de entretenimiento que no exigían demasiada capacidad ni al oyente ni al intérprete; eran sencillas y a menudo utilizaban tonadas populares o arias de óperas famosas. Su misión era básicamente cubrir la demanda continua que había de obras nuevas y su autoestima no sufría por el hecho de repetir modelos y procedimientos. Quien sí necesitaba el reconocimiento de los demás era Mozart. Consciente de su talento desde muy pequeño, por lo que él percibía de sí mismo y por lo que había oído a los demás, no soportó nunca el trato que le dieron cuando estuvo al servicio del arzobispo de Salzburgo, en su ciudad natal. Él, que había recibido del Papa la Orden de la Espuela Dorada y que había sido tratado por la aristocracia europea como un igual, no podía soportar las humillaciones que sufrían los sirvientes. La fama que había despertado por toda Europa le hizo abrigar la esperanza de establecerse por su cuenta y conseguir algún puesto de importancia. Viajó a Munich y Augsburgo, pero a pesar del éxito y de los halagos que le dispensaban, no lograba su objetivo. En Mannheim también le recibieron calurosamente; quiso que le encargaran una ópera pero quedó en nada. Por lo visto no quiso arrastrarse ante otros más mediocres que él pero que tenían un puesto. A Paris viajó con su madre, y allí le ayudó el Barón Von Grimm que decía de él que tenía un enorme talento pero que le faltaba habilidad para saber cómo enriquecerse. Además de la falta de un cargo que le diera seguridad económica, también gastaba mucho. En una carta fechada en 1785 al editor Hoffmeister y en otras dos, 1788 y 1789, a su amigo Michael Puchberg, pedía dinero avergonzado y desesperado; tan pronto como devolvía un préstamo ya estaba pidiendo otro. En 1787 Federico de Prusia le encargó 6 cuartetos (ya que era violonchelista aficionado) y 6 sonatas para piano (para la princesa) que le pagó bien y, sin embargo, cuando volvió a casa casi no le quedaba dinero. La vida de Beethoven no hubiese sido la misma sin Mozart. Nacido 14 años más tarde, su padre, un cantante frustrado que a menudo se emborrachaba, quiso seguir los pasos del niño prodigio y obligaba al joven Ludwig a practicar continuamente. Engañaba a la gente con su edad haciéndole pasar por un niño dos años más joven y de esa manera acentuar su precocidad**[3]**. Empezó a ganar dinero tocando la viola en una agrupación instrumental al servicio del príncipe Lichnowsky y con ello se relacionó con algunos de los miembros de la nobleza germana. Se hizo amigo del Conde Waldstein, que le hacía regalos para mejorar su situación financiera, aunque haciéndole creer que era dinero del príncipe, puesto que no lo hubiera aceptado de un amigo. El artista de finales de siglo prefería pasar hambre antes que aceptar la caridad. En 1800, cuando ya había demostrado su valía en la música para piano y había compuesto sus primeras sinfonías, el príncipe Lichnowsky le obsequió con una renta vitalicia que le proporcionaría la suficiente independencia financiera para poder componer libremente. Hasta ese momento, los mecenas habían ejercido algún tipo de control sobre las obras de los artistas. En esta fecha, sin embargo, ya se hablaba del genio creador como un don con el que se nace y que está por encima de la condición social. A pesar de la intención de que se le diera ese dinero de por vida, la renta dejó de cobrarla en 1806. Años más tarde, cuando estaba considerando aceptar el cargo de maestro de capilla en Westfalia, recibió de sus amigos y admiradores el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz y el príncipe Fernando Kinsky el acuerdo de recibir de ellos la suma de 4000 florines al año. Entre otras cosas el documento decía lo siguiente: “como se ha demostrado que sólo alguien que esté libre de responsabilidades puede dedicarse a una única actividad, para crear obras cuya magnitud sea ensalzada y que ennoblezcan el arte, los abajo firmantes han decidido colocar a Herr Ludwig van Beethoven en una posición en la que las necesidades básicas no le causen dificultades económicas u obstruyan su poderoso genio”. Y añadía más abajo: “si se ve imposibilitado para practicar su arte por un infortunado accidente o por vejez, los abajo firmantes le garantizan el salario de por vida.” Beethoven también se ganaba la vida con la publicación y venta de sus composiciones. Todavía no había una ley que regulase los derechos de autor y en cada contrato con el editor se debían fijar los honorarios para ambas partes. A menudo la obra era propiedad de quien la encargaba, al menos durante un tiempo. En su mente también estuvo viajar a Londres donde le esperaban muchos admiradores y editores. Incluso tuvo un contrato para componer dos sinfonías y una ópera, pero finalmente no hizo ese viaje. Sin embargo, recibió del fabricante inglés de pianos John Broadwood un gran pianoforte de regalo. Una de las obras que más ingresos le proporcionó fue la Missa solemnis; vendió copias de la partitura a todas las coronas de Europa, entre ellas Rusia, Sajonia, Francia y Dinamarca. Incluso Luis XVIII de Francia le envió una gran medalla de oro con la inscripción “Regalo del Rey a H. Beethoven” hecho que le llenó de satisfacción; el mundo había cambiado. Preguntas sobre el texto
1. Explica el significado de las siguientes expresiones:
a. …un público que por su diversidad era difícil de satisfacer.
b. Esto elevó sin duda el estatus del músico.
c. …su autoestima no sufría por el hecho de repetir modelos y procedimientos.
d. …los mecenas habían ejercido algún tipo de control sobre las obras de los artistas.
e. …el genio creador como un don con el que se nace y que está por encima de la condición social.
2. ¿En qué consistía una suscripción?
3. ¿Por qué Beethoven no hubiese sido el mismo sin la existencia de Mozart?
4. ¿Por qué alguien puede preferir pasar hambre antes que aceptar la caridad de otros?
5. ¿En qué condiciones económicas componía Beethoven sus obras si lo comparamos con Haydn?
6. ¿Qué es lo que más te sorprende del contrato que firmó Haydn en 1761?
7. ¿Qué le impidió a Mozart tener seguridad económica?
8. ¿Por qué los amigos aristócratas de Beethoven quisieron darle dinero sin pedirle nada a cambio?
[1] Fanáticos de la música. [2] Protección o amparo regio sobre ciertas instituciones eclesiásticas o laicas. [3] Que en corta edad muestra cualidades morales o físicas que de ordinario son más tardías.
Los viajes de Ulises
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VIVIR DE LA MÚSICA EN EL SIGLO XVIII
Ganarse la vida hace tres siglos no era fácil para nadie, y menos aún para el oficio de músico que, como el de pintor o sastre, se consideraba que solo producía adornos para la sociedad. Durante el barroco la ópera había ofrecido nuevas posibilidades a compositores, instrumentistas, pero sobretodo a cantantes. Éstos tenían muchos admiradores entre la realeza y la nobleza europea y, por ejemplo, en la corte de Federico el Grande, un cantante podía ganar diez veces más que un compositor; el genio creativo no se valoraba tanto como al intérprete.
Otro factor determinante para la música fue la apertura de teatros públicos. Una burguesía que crecía año tras año empezó a tener también algo que decir. El compositor, que tradicionalmente, tenía que agradar a un solo señor, ya fuera noble o religioso, ahora debía contentar a un público que por su diversidad era difícil de satisfacer.
En 1725, en París empezaron a organizarse conciertos de música sacra, los Concert Espirituel, en los días de descanso de la temporada de ópera. Con el tiempo dejaron de estar ligados a la música religiosa y comenzaron a presentar obras instrumentales de nueva composición, que eran las más deseadas por el público. Más tarde, en 1769, un grupo de aristócratas melómanos**[1]** organizó los llamados Concerts des Amateurs, literalmente “Conciertos de aficionados”, en los que ellos mismos se sentaban con los profesionales para interpretar piezas de música de cámara. Esto elevó sin duda el estatus del músico, que empezó a considerarse como alguien de talento superior.
En Londres, los Proffesional Concerts, organizados desde 1783, no dependían del patronazgo**[2]** de la aristocracia y tal era su poder económico que se permitían el lujo de invitar a “figuras de la música” del continente, ya fueran pianistas virtuosos como Clementi o compositores consagrados como Haydn.
Otra manera de conseguir ingresos era mediante la suscripción. Este procedimiento consistía en que los melómanos podían comprar una obra antes de que se hubiera publicado. Los compositores que utilizaron este método tenían que tener cierta fama, pues de otra manera no hubiesen conseguido nada. Así se aseguraban su supervivencia durante el proceso de composición. Uno de los hijos de Bach, Emmanuel, escribió en unas piezas para piano que vendió mediante suscripción: “al componer esas sonatas, he tenido presente a esos principiantes y aficionados que, a causa de su edad o de su ocupación, no han tenido ni el tiempo ni la paciencia para abordar ejercicios de dificultad.” Y no solamente debían de ser obras fáciles de tocar, sino también seguir la moda, el buen gusto.
Un caso muy particular es el de Franz Joseph Haydn. Prácticamente secuestrado de su ciudad natal, siendo niño debido a su gran voz, para formar parte del coro de la catedral de San Esteban de Viena, fue luego obligado a abandonarlo precisamente por un fallo vocal en presencia de la emperatriz María Teresa. A los 17 años se encontró solo en esa ciudad, sin familia y sin trabajo. Sobrevivió dando clases y tocando el violín en fiestas o el órgano en las iglesias. Posteriormente sirvió a un conde y más tarde al príncipe húngaro Paul Anton Esterházy. En el primer contrato que firmó en 1761 como maestro de capilla figuraban sus obligaciones, entre ellas ser ejemplo para los demás músicos (en el comer, en la conversación), no hacer copias a otros de sus obras, resolver los discusiones o las quejas, cuidar de los instrumentos y las partituras y, además, el deber de comer con los oficiales.
Al príncipe le gustaba ofrecer música a sus invitados como entretenimiento. Para hacernos una idea de esto, basta repasar las actividades musicales que tuvieron lugar el 29 de agosto de 1775 para agasajar al archiduque Fernando. Al despertarse, debía tocar una banda de viento; después de la comida ofrecerían una representación de ópera y después de la cena un baile de máscaras para 1300 invitados. En el contrato de 1779 le concedieron algo más de libertad aunque no podía ausentarse sin permiso del príncipe, debía estar siempre disponible y llevar una vida cristiana. A la muerte del príncipe, el heredero cesó a la orquesta y concedió a Haydn un sueldo sin obligaciones, lo que le permitió viajar a Londres donde le llovieron ofertas para escribir óperas y sinfonías y dirigir sus propias obras muy bien pagadas en relación al sueldo que había percibido en la casa Esterházy.
Esa libertad, que Haydn no tuvo hasta los 58 años, sí la disfrutaron virtuosos del piano como Dussek. Éste dio giras por toda Europa y acabó estableciéndose en Inglaterra llevando un negocio editorial. Cuando entró en bancarrota abandonó el país para no ir a prisión y, posteriormente, estuvo al servicio del príncipe Luis F. de Prusia, que también era pianista (aficionado) y que le hacía levantarse a cualquier hora para ensayar. También Pleyel (alumno de Haydn) se ganó la vida dando conciertos durante un tiempo. Sin embargo tuvo que dedicarse posteriormente a la construcción de pianos.
Los maestros de segunda fila produjeron obras de entretenimiento que no exigían demasiada capacidad ni al oyente ni al intérprete; eran sencillas y a menudo utilizaban tonadas populares o arias de óperas famosas. Su misión era básicamente cubrir la demanda continua que había de obras nuevas y su autoestima no sufría por el hecho de repetir modelos y procedimientos.
Quien sí necesitaba el reconocimiento de los demás era Mozart. Consciente de su talento desde muy pequeño, por lo que él percibía de sí mismo y por lo que había oído a los demás, no soportó nunca el trato que le dieron cuando estuvo al servicio del arzobispo de Salzburgo, en su ciudad natal. Él, que había recibido del Papa la Orden de la Espuela Dorada y que había sido tratado por la aristocracia europea como un igual, no podía soportar las humillaciones que sufrían los sirvientes.
La fama que había despertado por toda Europa le hizo abrigar la esperanza de establecerse por su cuenta y conseguir algún puesto de importancia. Viajó a Munich y Augsburgo, pero a pesar del éxito y de los halagos que le dispensaban, no lograba su objetivo. En Mannheim también le recibieron calurosamente; quiso que le encargaran una ópera pero quedó en nada. Por lo visto no quiso arrastrarse ante otros más mediocres que él pero que tenían un puesto. A Paris viajó con su madre, y allí le ayudó el Barón Von Grimm que decía de él que tenía un enorme talento pero que le faltaba habilidad para saber cómo enriquecerse.
Además de la falta de un cargo que le diera seguridad económica, también gastaba mucho. En una carta fechada en 1785 al editor Hoffmeister y en otras dos, 1788 y 1789, a su amigo Michael Puchberg, pedía dinero avergonzado y desesperado; tan pronto como devolvía un préstamo ya estaba pidiendo otro. En 1787 Federico de Prusia le encargó 6 cuartetos (ya que era violonchelista aficionado) y 6 sonatas para piano (para la princesa) que le pagó bien y, sin embargo, cuando volvió a casa casi no le quedaba dinero.
La vida de Beethoven no hubiese sido la misma sin Mozart. Nacido 14 años más tarde, su padre, un cantante frustrado que a menudo se emborrachaba, quiso seguir los pasos del niño prodigio y obligaba al joven Ludwig a practicar continuamente. Engañaba a la gente con su edad haciéndole pasar por un niño dos años más joven y de esa manera acentuar su precocidad**[3]**.
Empezó a ganar dinero tocando la viola en una agrupación instrumental al servicio del príncipe Lichnowsky y con ello se relacionó con algunos de los miembros de la nobleza germana. Se hizo amigo del Conde Waldstein, que le hacía regalos para mejorar su situación financiera, aunque haciéndole creer que era dinero del príncipe, puesto que no lo hubiera aceptado de un amigo. El artista de finales de siglo prefería pasar hambre antes que aceptar la caridad.
En 1800, cuando ya había demostrado su valía en la música para piano y había compuesto sus primeras sinfonías, el príncipe Lichnowsky le obsequió con una renta vitalicia que le proporcionaría la suficiente independencia financiera para poder componer libremente. Hasta ese momento, los mecenas habían ejercido algún tipo de control sobre las obras de los artistas. En esta fecha, sin embargo, ya se hablaba del genio creador como un don con el que se nace y que está por encima de la condición social. A pesar de la intención de que se le diera ese dinero de por vida, la renta dejó de cobrarla en 1806.
Años más tarde, cuando estaba considerando aceptar el cargo de maestro de capilla en Westfalia, recibió de sus amigos y admiradores el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz y el príncipe Fernando Kinsky el acuerdo de recibir de ellos la suma de 4000 florines al año. Entre otras cosas el documento decía lo siguiente: “como se ha demostrado que sólo alguien que esté libre de responsabilidades puede dedicarse a una única actividad, para crear obras cuya magnitud sea ensalzada y que ennoblezcan el arte, los abajo firmantes han decidido colocar a Herr Ludwig van Beethoven en una posición en la que las necesidades básicas no le causen dificultades económicas u obstruyan su poderoso genio”. Y añadía más abajo: “si se ve imposibilitado para practicar su arte por un infortunado accidente o por vejez, los abajo firmantes le garantizan el salario de por vida.”
Beethoven también se ganaba la vida con la publicación y venta de sus composiciones. Todavía no había una ley que regulase los derechos de autor y en cada contrato con el editor se debían fijar los honorarios para ambas partes. A menudo la obra era propiedad de quien la encargaba, al menos durante un tiempo.
En su mente también estuvo viajar a Londres donde le esperaban muchos admiradores y editores. Incluso tuvo un contrato para componer dos sinfonías y una ópera, pero finalmente no hizo ese viaje. Sin embargo, recibió del fabricante inglés de pianos John Broadwood un gran pianoforte de regalo.
Una de las obras que más ingresos le proporcionó fue la Missa solemnis; vendió copias de la partitura a todas las coronas de Europa, entre ellas Rusia, Sajonia, Francia y Dinamarca. Incluso Luis XVIII de Francia le envió una gran medalla de oro con la inscripción “Regalo del Rey a H. Beethoven” hecho que le llenó de satisfacción; el mundo había cambiado.
Preguntas sobre el texto
[1] Fanáticos de la música.
[2] Protección o amparo regio sobre ciertas instituciones eclesiásticas o laicas.
[3] Que en corta edad muestra cualidades morales o físicas que de ordinario son más tardías.